El sueño de las carpas

July 16, 2020

En aquel parque, que me hace recordar una foto en que mis padres me sujetan cerca de un lago, los dos se sentaron para contemplar el paisaje. Era un parque antiguo, bien cuidado, ubicado en el centro de la ciudad, pero que a la vez parecía lejano de cualquier resabio del hombre. Un puente de piedras sobre el manantial, algunos bonsayes y un par de crisantemos eran los únicos adornos. Lo demás era una vegetación natural, no podada, que sin embargo crecía de manera harmoniosa, como si las mismas ondulaciones y pendientes formasen una especie de mosaico. Y en la poca profundidad de las aguas las carpas iban y venían, formando figuras, pequeños tsunamis, espejos de agua que surgían y desaparecían apenas eran vistos.

 

El muchacho, mirándolas con atención, como que hipnotizado, le preguntó a la chica:

 

“Estaba pensando… ¿En qué será que sueñan las carpas?

 

“Eh… Qué sé yo… ya es tan difícil saber en que sueñan los demás… ¿A ti que te parece?”

 

“Ah, nosotros soñamos con las cosas del día a día, creo que ellas deben soñar con su día a día…”

 

“Pero que es lo que las carpas hacen de tan importante para que sueñen con eso?”

 

“Ah, ellas comen, nadan con las otras carpas, compiten a ver quién es más veloz, hacen pipi, puff, se dan piojitos unas a las otras, tienen hijos, todo lo que hacemos…”

 

“Entonces creo que una de las carpas debe de estar soñando que está recibiendo el cariño de las aletas de otra carpa.”

 

“Sí, y después van a besarse con sus picos fríos y eso será calor para ellas, para ellas que están acostumbradas a vivir en aguas frías…”

 

Cansados de mirar a las carpas, se decidieron por pasear un poco y profundizar esas ideas. Recién salidos de la pubertad, los dos tenían la convicción de que nunca jamás alguien había pensado en algo semejante y sintieron el brillo de quien descubre una realidad para los otros impensada. Pero, a medida que iban caminando, apartaron esas hipótesis y se fijaron en algo sencillo pero extrañamente curioso: aun siendo el parque pequeño, este parecía agrandarse a medida que se enfocaban en los detalles. Así, la muchacha fue la primera a acercarse a un árbol y, señalando con el dedo, a exclamar: “Mira!Mira! Yo nunca me había fijado en eso!” “En qué?” dijo el muchacho aún sin entenderla. “Mira, mira bien de cerquita, así como lo hicimos con las carpas.” De hecho las hojas no eran sólo hojas, ellas tenían ranuras que se bifurcaban como si fuesen calles y autopistas, marcas que se asemejaban a verdaderas huellas de los dedos humanos. En seguida le toco a él que, antes incrédulo, exclamó: “!Mira! ¡Mira! Visto desde lejos el tronco sólo se parece a una mancha marrón, pero es compuesto por muchas, muchas partes”. Una infinidad de cortezas subía hasta las hojas más altas, componía al igual que la vegetación del parque un extraño mosaico. Y ellas tenían inúmeros colores, no apenas marrones como se solía pensar: eran grises, blancas, negras, seminegras, verdes, rojas, amarillas, naranjas como el sol cuando se pone. Y en cada corteza procesiones de hormigas se formaban, luchaban unas con las otras, cargaban minúsculos pedacitos de hojas sólo con la fuerza de sus antenas; y luego las procesiones se deshacían, se convertían en individuos aislados y después volvían a formarse… Alrededor de ellas animales tan pequeños llegaban a ser casi translúcidos y pasaban por sus cuerpos como si estuviesen recorriendo montañas… En cualquier otro momento no habrían notados sus existencias, pero en aquel entonces eran tan evidentes como las nubes del cielo o los grandes gavilanes… Al acecho, en una astilla, una araña de colores negros, marrones y rayas amarillas se esforzaba por mantenerse inmóvil en su telaraña…Esta era de formatos curiosos: hexagonales, pentagonales, heptagonales, mágica como pocas cosas pueden ser; pero era tan peligrosa que en sus hilos algunas hormigas y moscas se retorcían como si implorasen auxilio...Ya al mirar para abajo, notaron que las sombras espesas revestían el suelo y lo convertían, con la ayuda de las hojas caídas, en una noche para sus habitantes, una noche mayor que cualquiera que ya hubiesen presenciado… Y lo más raro! En cuanto se fijaron, distinguieron allí, en aquel oscuro absoluto, las sombras de los pájaros! Algo imposible en cualquier otro momento… El mundo real, al fin y al cabo, era más grande que cualquier mundo imaginado; era como si en cada hoja, en cada corteza, en cada una de las sombras, cupiesen inúmeras ciudades.

 

“Parece un sueño”, él dijo, y la joven, con una sonrisa pequeña que parecía de humo, añadió: “parece un sueño dentro de otro sueño.”  

 

De hecho, cuando vieron esas ranuras, esos mundos ocultos a los demás, todo lo que antes habían visto empezó a parecerles irreal. La misma ciudad que rodeaba al parque parecía lejana, lejana como un sueño que tenemos en una vida pasada, como el más demente de los sueños. El ómnibus, los edificios, los semáforos, las personas apuradas caminando por las calles eran en ese momento la prueba cabal de que el mundo era así por pura casualidad y no por ser el único posible, la prueba de que habían nacido allí por casualidad y de que nada los obligaba a que permaneciesen allí. Sus propias vidas ahora parecían relativas, existentes solamente en el tiempo-espacio en que habían sido concebidas y la sensación que tenían era, aunque intentasen recordar algo del día, no lo lograrían…

De pronto, una niebla espesa colmó todo. Duró poco pero tuvo un efecto infinitamente mayor. Inmersos en ella no lograban ver sus propios dedos y siquiera los rostros uno del otro; sus cuerpos parecían deshacerse en el aire que respiraban, resbalar rumbo a otra dimensión. Y no solo la ciudad pasaba a no existir como el mismísimo parque; era como si ambos flotasen, anduviesen en un lugar sin tiempo ni espacio… E incluso los pensamientos, uno a uno, desaparecían, como si absorbidos por la niebla…

Cuando ella al fin se deshizo, los dos no eran más los mismos. Ellos se sentían como personajes, proyecciones pálidas de una pantalla oscura. Los contornos de los árboles y la sombra de los pájaros no tenían más la profusión de detalles de los minutos u horas anteriores, eran solamente reflejos de sombras, indefinidos y etéreos.

Sin que se hubiesen dado cuenta habían completado una vuelta en el parque y estaban de frente al manantial, exactamente en el mismo sitio en que habían estado. Se sentaron en la orilla y, aún más aturdidos que antes, se pusieron a contemplar, como que hipnotizados, los movimientos de las carpas.

 

Ahora parece que están nadando más despacio.

 

Sí, y nadan de espalda, como si nos mirasen.

 

No, creo en verdad que están durmiendo.

 

¿Cómo así?

 

Un día leí que las carpas nadan mientras duermen… Aunque estén durmiendo, no pueden parar de nadar…

 

O quizá les guste… Deben de ocurrirles más sueños mientras nadan…

 

Sí, verdad. Sería bueno si pudiésemos soñar mientras caminamos o hablamos…

 

Ella puso sus manos es las aguas heladas. Estas parecían aún más frías que antes.

 

Estaba pensando – ella añadió – ¿Tú quieres de veras volver para allá? ¿De veras quieres hacer las mismas cosas que hacíamos antes?

 

Y entonces los dos se quedaron mirando las minúsculas olas formadas por las carpas, esas que iban y venían, absorbiendo sus miradas como un péndulo de agua. Y en el fondo, bien al fondo, el tímido reflejo de un puente cubierto de musgos y la imagen, cada vez más vaporosa, de dos niños soñados por las carpas.

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Gonzalo Bolliger
Gonzalo was born in Lima, Peru, in 1989, but he has been living in Brazil since 1994. He has always had an enormous need to express himself and his internal perception of the world. So as soon as he started writing (when he was 14 years old), he understood that art, in general, was the perfect way to accomplish it. He has studied languages at the University of São Paulo (USP), and nowadays, he works as a writer, a teacher, and translating papers. He will be publishing all his written works and poems this year, 2020.

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