Hasta que Todos lo Quitemos: Antimonumento +43 en el Paseo de la Reforma

October 10, 2016

“Tenemos que hacerlo, no hay paso atrás”. Con esas palabras contundentes, una comisión de padres de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa dio la aprobación final a la instalación del Antimonumento +43. Después de meses de planeación y trabajo, a los integrantes de la llamada Comisión +43 sólo le restaba lo más difícil, instalarlo.

Los antecedentes internacionales eran halagüeños. El 6 de abril un colectivo de artistas anónimos logró intervenir una estatua en un parque de Brooklyn, Nueva York para poner un busto de Edward Snowden. Su intención era honrar no sólo al hombre que filtró información clasificada de la National Security Agency (NSA) sino a todos aquellos que sacrifican su seguridad personal para luchar contra las tiranías modernas. El busto fue retirado por autoridades estadounidenses pero otro grupo de artistas lo sustituyó con un holograma. El acto se viralizó y dio al vuelta al mundo en segundos.

Como otras tragedias como el secuestro de más de 270 niñas por parte de Boko Haram en Nigeria, Ayotzinapa fue también un hiperacontecimiento que trascendió fronteras. Después de la fatídica noche del 26 de septiembre de 2014, ciudadanos de todo el mundo se enteraron que en Iguala, Guerrero, un grupo de policías municipales había asesinado a seis personas y posteriormente había desaparecido a 43 jóvenes ante la mirada impasible y cómplice del ejército mexicano. El Estado intento toda argucia posible para salvar su imagen reformadora y mantener intacto el “momento mexicano”. Quiso entregar cuerpos equivocados a los familiares, criminalizó a los normalistas, explicó todo bajo la matriz del “narco”, intentó comprar a los familiares y, finalmente, declaró haber encontrado una verdad histórica plagada de errores y vacíos. 

Siete meses han pasado y aunque el eco de la impunidad sigue retumbando, las manifestaciones han ido menguando conforme pasa el tiempo. Ante esta realidad, algunas personas que conforman la Comisión +43 entablaron comunicación con los familiares de los normalistas y se empeñaron en la tarea de idear una acción permanente de reclamo que fuera más allá de los mítines y manifestaciones que se habían venido celebrando mes con mes para conmemorar la tragedia. Es de esta manera como surge la idea de intervenir el espacio público a través de un antimonumento o antimemorial.

Un monumento o un memorial usualmente es instalado para conmemorar algún evento, para honrar a los muertos y/o para enseñar alguna clase de lección. Este es el caso del polémico Memorial de Murambi, dedicado a los tutsis asesinados durante el genocidio ruandés y que consta de 848 cuerpos exhumados y conservados en cal dispuestos asépticamente en los salones de una escuela que fue atacada por los Hutus en 1994. También es el caso del Memorial a los Judíos asesinados en Europa, ubicado a escasos pasos de la Puerta de Brandemburgo en Berlín y que consiste en un área de 19,000 m2 y 2,711 estelas de concreto que simulan un mar turbulento.

Sin embargo, el antimonumento o antimemorial tiene objetivos diferentes. Para el profesor James Young, la idea de éstos no es consolar sino provocar. Tampoco deben permanecer impolutos sino tener la capacidad de cambiar con el tiempo pues es posible que estén destinados a desaparecer en algún momento. El antimemorial puede invitar a su intervención y a la interacción con todos aquellos que lo visitan. Finalmente, no debe de considerarse como un repositorio absoluto de memoria, más bien invita a que el público haga su propia interpretación. Otra diferencia es que, bien pensado, puede considerarse una forma de activismo y puede convertirse en un catalizador de cambio social.

Hay esculturas que molestan y no son antimonumentos. Es el caso de la estatua del dictador azerbaiyano Heydar Aliyev que instaló el Gobierno de Marcelo Ebrard en 2012 a cambio de 65 millones de pesos de la embajada de Azerbaiyán. Sin aval de nadie, el GDF emplazó la estatua que permaneció frente al bosque de Chapultepec varios meses hasta que la presión de académicos y sociedad civil obligó a retirarla. En un proceso radicalmente opuesto, la Comisión+43 consultó con los familiares de los normalistas y con otros colectivos de personas desaparecidas la construcción e instalación del Antimonumento +43. Se planteó la posibilidad de avisar y negociar con las autoridades, pero la desconfianza es tal que se prefirió actuar desde la sorpresa y asumir el riesgo de que no se pudiera instalar o de que fuera retirada posteriormente.

Como dice el comunicado, se escogió Paseo de la Reforma porque “es la avenida más importante para la memoria monumental de hechos fundamentales que han marcado la historia de México”. Dice Carlos Martínez Assad que el Paseo de la Reforma es el hijo híbrido del culto a lo europeo y el orgullo al pasado indígena; y es que en los casi 15 kilómetros que mide la avenida podemos encontrar desde estatuas de emperadores aztecas hasta liberales del siglo XIX, pasando por un solitario Colón o una columna con una victoria alada que se ha convertido en ángelel bello Paseo de la  la paz con varios meses hasta que la presiiLuz  como Estela de Paz, sigue sienel Movimiento por la paz con. Sin embargo, el paseo que ideó Maximiliano para su esposa se ha gentrificado y pareciera parte de ese México amable y “bien vestido” que el gobierno se empeña en mostrar al exterior. Pero los efectos de la guerra también se han inscrito en el bello Paseo de la Reforma. A los pies de la polémica Estela de Luz –también de manera sorpresiva– ha germinado un memorial promovido por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad con numerosas placas dedicadas a personas asesinadas o desaparecidas.

Creo que Ayotzinapa y lo que representa también deben estar reflejados de alguna forma en la avenida más emblemática del país. Pero más que un acto de memoria literal sobre el acontecimiento, era necesario un acto para increpar, para llamar la atención, para alterar la percepción de que un hecho como la desaparición forzada es inamovible. He ahí la idea de un Antimonumento.  Para instalarlo se eligió la que fuera la primera rotonda del Paseo de la Reforma, que alguna vez albergó la estatua de Carlos V, y que hoy es conocida como Glorieta el Caballito. Logística, suerte, solidaridad, anticipación, organización se conjugaron para que el +43 llegara a su destino y fuera instalado por muchas manos solidarias. Como se puede ver en las fotografías de la prensa y en el video que seguramente estuvieron siguiendo funcionarios del GDF en una cómoda sala del C4, no hubo ningún daño a la avenida. Es más, varias personas han expresado que el Antimonumento +43 no rompe con el paisaje monumental de la glorieta. Es una pieza de arte urbano que se atiene a las reglas pero las cuestiona a la vez, me dijo uno de los artistas que lo pensó.

Algunos comentarios en redes sociales critican estéticamente la pieza y otros más reprochan la necedad de esos “alborotadores” de seguir insistiendo en un hecho histórico que debería estar “superado”. Pero los crímenes y las violaciones a Derechos Humanos no se superan, se investigan, se esclarecen, se castigan, se intentan reparar dentro de lo posible y se recuerdan para evitar que vuelvan a ser cometidos. Es por eso que el Antimonumento +43 tiene fecha de caducidad. Será quitado cuando el Estado esclarezca los más de 150 mil homicidios que siguen en impunidad, y cuando de verdad tenga la voluntad de buscar a las decenas de miles de personas desaparecidas de este período de violencia y de la Guerra Sucia.

No es algo imposible o impensable. Habrá crímenes que no se resolverán y personas que jamás encontraremos, pero el esfuerzo se tiene que hacer. Se necesita humildad para aceptar los errores y voluntad política para empezar a enmendarlos. Lo hizo Bosnia después de la guerra en 1995 y también Argentina décadas después de la dictadura. No lo están haciendo los partidos políticos y sus candidatos que inundan las frecuencias televisivas y radiales con canciones pegajosas y promesas fatuas sobre inglés, computación y vales de medicinas. Por eso el Antimonumento debe permanecer, para que sea el recordatorio constante de lo terrible. Pero también para que sirva como generador de empatía y generosidad. Para crear conciencia sobre el dolor que ha causado este período de violencias. Para que los turistas que paseen o se suban al Turibus pregunten: ¿por qué +43? Para que un día, junto con las autoridades pertinentes, podamos retirarlo y destruirlo. Fundirlo. Porque ese día habrá justicia, verdad y reparación para todas las víctimas.

About Author(s)

Alejandro Vélez Salas
Alejandro is the editor in chief of Nuestra Aparente Rendición's webpage (http://nuestraaparenterendicion.com/). He has a BA in Political Science from Instituto Tecnológico Autónomo de México and a PhD in Humanities form Universitat Pompeu Fabra. He just finished a postdoctoral fellowship at Universidad Autónoma Metropolitan-Xochimilco. His research interests are: enforced disappearance, surveillance studies, terrorism, 9-11 studies, genocide and public security.