Entre la Amabilidad y las Violencias

October 11, 2016

Para muchos extranjeros, las formas amables de los mexicanos son una hipérbole curiosa y entrañable que, en muy pocas ocasiones, puede resultar molesta. Un amigo catalán se burlaba del barroquismo con el que pedimos la cuenta en un restaurante: “Disculpe, le podría encargar la cuenta de favor, ¡muchas gracias!”. Al respecto, una española que acaba de visitar la Ciudad de México por primera vez me llamó la atención sobre la contradicción de que coexistan esas maneras sinceramente amables -casi siempre acompañadas por una sonrisa- con la normalización de delitos tan graves como la desaparición forzada o la exhibición pública de cuerpos desollados o decapitados. Este artículo es un intento por responder -o al menos polemizar-  esta situación contradictoria que yo mismo me planteé cuando visite los Balcanes, 15 años después de la guerra.

Los puestos de periódicos son un buen lugar para que nos encontremos de frente con otra dimensión de esta contradicción. Diarios como La Prensa o El Gráfico siempre engalanan sus portadas con imágenes que cosifican los cuerpos, pero de dos formas diferentes. En la portada están las fotografías más crudas y gráficas de accidentes y homicidios acompañadas de un encabezado entre gracioso y apocalíptico, mientras que en la contraportada nos esperan, mujeres sugerentes en poca o ninguna ropa. Eros y Tánatos, pero descontextualizados. Para María Torres Martínez en las fotografías de portada:

los cuerpos se ven doblemente sometidos —en el acto físico y en el de su exposición pública,  especialmente a través de las imágenes de prensa— a  una violencia que los humilla y profana, les  estigmatiza, les borra la  identidad en todos los rasgos donde reside su singularidad.1

Sin embargo, esto parece no molestarle a los curiosos que ojean estos diarios mientras esperan el transporte público o los leen en las peluquerías y salones de belleza. Para Susan Sontag, este tipo de fotografías suelen producir reacciones opuestas, pueden ser un detonador de acción social, de rabia o venganza; pero también pueden tener un efecto paralizador, pues demuestra que suceden cosas horribles, pero resulta tranquilizante saber que les sucedió a otros, a los que “estaban en algo” o estaban en el lugar equivocado.

Esto genera una falsa percepción de seguridad que he descubierto en varios amigos, y que no critico porque entiendo a la perfección. Todos generamos mecanismos de autodefensa que incluyen la creación de un holograma de quien creemos que somos –académicos, chilangos de clase media alta, periodistas de medios nacionales, empresarios, amigos de tal o cual político, blancos, mestizos, burócratas, etc.- y que nos hace sentir menos vulnerables en un contexto como el mexicano donde las violencias son de lo más democrático que existe.

Pensar que los que cometen los crímenes que vemos esas portadas son una especie de monstruos o diablos también tiene un efecto lenitivo. Sin embargo, la diferencia entre ellos y nosotros no suele ser muy grande. Tal como se pregunta Yunuel Cruz, a propósito de las diferencias entre los 43 normalistas desaparecidos y sus supuestos victimarios:

Y me pregunto, queridos 43, cuál es la diferencia entre ellos y ustedes. ¿No  será que se parecen más de lo que queremos aceptar? ¿No será que ellos  también nacieron en la sierra de Oaxaca, de Chiapas, de  Guerrero o de  Puebla? ¿No será que ellos también pasaron hambre y tenían un destino inevitable de miseria? ¿No será que ustedes compartieron banca en la escuela, y jugaron con la misma tierra? ¿No será que otro de sus compañeros es hoy el granadero o el militar que decidió no ayudar? ¿No será que ellos y ellas, Todos ellos y Todas ellas, son también nuestros jóvenes?

Acabo de ver el documental Dismembered and Displaced in Buenaventura y me sorprendió la frialdad –apatía- con la que un chico colombiano de 18 años cuenta como destaza los cuerpos en las llamadas “Casas de pique”. En México he escuchado testimonios parecidos donde el ejecutor parece convertir lo abyecto en algo rutinario, desapasionado, tal como cuenta Hannah Arendt sobre Eichmann en La banalidad del mal. Aunque los medios los pinten como tal, no son monstruos, estos jóvenes son el escalafón más bajo de la narcomáquina o máquina de guerra que ya asoló Colombia y que ahora se cierne sobre México y Centroamérica con efectos sociales escalofriantes.

Cuando preguntas en un auditorio repleto de estudiantes de bachillerato cuántos han perdido un amigo o familiar desde 2006 y el 60% levanta tímidamente la mano es momento de sonar las alarmas, de preguntarnos cuánto dolor –y miedo- hay detrás de ese reflejo cotidiano de sonrisa y cortesía del cuál hablábamos anteriormente. Por favor, muy amable, que tenga buen día… ¿a pesar de que hayan desaparecido a tu hijo? ¿Si tu mejor amigo fue desollado? ¿Si como acto reflejo al escuchar un estruendo te tiras al suelo o te metes debajo de una mesa? ¿Si has dejado de salir después de las ocho de la noche?

Me queda claro que nos hacen falta espacios y tiempo para escuchar(nos) y entender que lo que algunos siguen llamando “Guerra contra el Narco” tiene una lógica macabra, de horrorismo diría Cavarero, y lo que nos toca es asumirla, organizarnos y aprender a luchar, sobreponernos a la parálisis que han generado decenas de miles de homicidios y desapariciones, los desplazamientos forzados y las extorsiones. Estos últimos días hemos podido ver que se puede ser Puma o Americanista y ser sensible con la tragedia de los compañeros normalistas de Ayotzinapa. Esto quiere decir que no está peleada la búsqueda individual de la felicidad con la conciencia social. La compasión en su sentido budista karuna tiene la clave: condolerse con los otros. En la medida que la practiquemos y además reflexionemos críticamente más allá de la coyuntura actual, empezará a abatirse la normalización de la violencia, por lo que la contradicción que dio pie a este artículo será cada vez más rara.


Referencias

[1] María Torres Martínez. “Las mil muertes del cuerpo. Iconografías del crimen, estéticas del miedo en el México narco”. Revista Historia Autónoma, 3 (2013).

About Author(s)

Alejandro Vélez Salas
Alejandro is the editor in chief of Nuestra Aparente Rendición's webpage (http://nuestraaparenterendicion.com/). He has a BA in Political Science from Instituto Tecnológico Autónomo de México and a PhD in Humanities form Universitat Pompeu Fabra. He just finished a postdoctoral fellowship at Universidad Autónoma Metropolitan-Xochimilco. His research interests are: enforced disappearance, surveillance studies, terrorism, 9-11 studies, genocide and public security.