El Drama de Las Villas Miseria en Argentina

October 13, 2016

Nací en Tucumán hace veintiocho años. Mientras cursaba mis estudios universitarios en Buenos Aires, casi diez años atrás, la conocí y me enamoré: la villa 21, en el porteño barrio de Barracas. Llegué de la mano de un cura amigo, quien al comentarle algunas inquietudes me presentó al Padre Pepe Di Paola. Él me abrió las puertas de la Parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé de par en par, y desde ese momento, la comunidad se convirtió en mi segunda familia.

En Argentina se llama villa miseria a los asentamientos informales caracterizados por una densa proliferación de viviendas precarias.1 Toman su nombre de la novela de Bernardo Verbitsky “Villa Miseria también es América” (1957).

Estas villas dan lugar a dos visiones deformadas de la realidad, igualmente nocivas y peligrosas. Existen quienes por desconocimiento o prejuicio le endilgan a estos barrios marginados la génesis de la mayoría de los males que nos aquejan como sociedad: “son todos drogadictos, narcos”; “viven así porque quieren, a costa de los que trabajamos, con un estado que mantiene vagos a cambio de votos”. Están también los que, con cierto romanticismo adolescente, ven a las villas como comunidades de amor y solidaridad, una especie de Patria Grande hermanada en pocas hectáreas. Ambas visiones son erróneas.

Durante los últimos años tuve la oportunidad de trabajar en el Hogar Niños de Belén, un pequeño lugar que acompaña y cobija a la gente en situación de calle que tiene serios problemas con la pasta base de cocaína (conocida como paco).2 Allí corroboré que la exclusión se paga con sangre, y que el desafío que tenemos en frente es titánico. Cientos de personas hechas jirones, a la vera del camino, haciéndose lugar como pueden. Me gustaría compartir con ustedes una historia que viví en el Hogar Niños de Belén:

Cuando la vi por primera vez sentí mucho dolor: la Colo, de mi edad, veintitantos, embarazada, durmiendo en la calle, pleno invierno, fumando paco día y noche, ni un control médico. Para esa misma época varias amigas eran mamás por primera vez: era hermoso verlas sonriendo con sus cachorros y sus parejas, inseguras y llenas de preguntas ante tal milagro de vida, pero con la certeza que ese regalo valía el mundo entero.

Día a día veíamos el rostro desencajado y triste de la Colo, quien dormía en una camioneta precaria que un vecino le prestaba. No tenía vidrios y estaba llena de mugre; no era raro ver pasear lauchas por entre los asientos. Una postal lamentable.

El panorama era gris, estábamos en el desierto. Encima que era hosca por naturaleza, su pareja, un tipo mayor y muy curtido, nos miraba de reojo con la desconfianza propia de aquel que ha vivido más de la mitad de su vida en la cárcel. Que vengan unos mocosos con un termo de mate cocido, una sonrisa y algo de pan a saludar porque sí no le había pasado antes, y como bien expresa el dicho popular, somos animales de costumbre.

No pudimos hacer más que estar: día a día los mates calentitos, el pan fresco, los trucos, las sonrisas, los abrazos y la ropa limpia fueron rompiendo el hielo y hermanándonos. Compartiendo la vida, ésta se multiplicaba. Nos comentó que había participado de los grupos de la parroquia, que sus momentos más felices habían sido los campamentos, y que su padrino, el Padre Sebastián, le había dado la pañoleta de Exploradores de Caacupé tiempo atrás. Recuerdo que esa sonrisa se borraba rápidamente cuando advertía que su panza era demasiado chiquitita para sus siete meses, y que el pequeñito prácticamente no se movía.

Sin embargo, esta maternidad hacía que su ser vibre: es que hay cosas que ni el paco puede apagar. Una noche, como muchas, la Colo estaba de gira. Caminaba de acá para allá por los pasillos más oscuros de la villa, drogándose y consiguiendo para drogarse. Y como suele ocurrir con las chicas del paco que están embarazadas, Emanuel decidió nacer sin avisar, como queriendo demostrar una vez más que la Vida es incontrolable.

Ármate este escenario aunque sea difícil de imaginar: tres de la mañana en un pasillo de un barrio que no tiene colectivos que lleguen hasta el hospital, donde no hay taxis ni entra la ambulancia. Mucho frío y soledad. Un excluido entre los excluidos, parecido a lo que le había pasado a otro niño y sus padres dos mil años atrás. Y como en aquella oportunidad, Dios metió la cuchara: de repente apareció Juancho, otro adicto al paco que con su carro terminaba la durísima jornada de búsqueda de papel, cartón, metal y plástico, y que cambiaría luego por droga. La vio, se conmovió y la subió a su ambulancia improvisada. Destino: Hospital Penna.

Emanuel, dos meses prematuro, pesó un kilo y medio y nació con Sífilis y VIH. Sobrevivió a los vaivenes de su madre, que había sufrido abusos, palizas, hambre, cansancio y todo tipo de vejaciones. Consumió porro, merca, pastillas, alcohol, paco y mucha indiferencia. Pero nació, y fue recibido con una profunda alegría por la Colo y por toda la gente del Hogar, su nueva familia. Cuando llegamos al hospital la vimos tan mamá: tenía al bebé en brazos, su rostro regalaba paz, y por la ternura, la foto bien podría ser una postal navideña.

Este breve relato invita a una reflexión. El problema más grande de Argentina y de Latinoamérica es la extrema pobreza y la marginalidad sufrida por cientos de miles de personas, niños en su gran mayoría. Con dificultades que se arrastran, que atraviesan generaciones. Con padres o madres adictos, desempleados, que lograron sobrevivir gracias a planes sociales y subsidios, con violencias, abusos, e incluso esa desnutrición temprana que mutila las capacidades. Familias enteras que se acostumbraron a tener el agua al cuello, a sobrevivir a los terremotos y vaivenes de nuestras latitudes. Con tal panorama de vida, la adicción florece rápido. Quien no tiene horizontes, quien intuye –nadie lo dice explícitamente- que no podrá trabajar como los otros,  quien está marcado por el estigma de la villa, ¿qué razones tiene para pelear?

Sin tomar conciencia del lugar exacto donde estamos parados con respecto al problema es imposible trazar caminos verdaderos. Es necesario un exhaustivo examen de conciencia en todos los niveles: los medios de comunicación, el empresariado, los organismos de gobierno, el poder judicial, las organizaciones de la sociedad civil, los hospitales, las iglesias. Nadie puede pensar “a mí no me toca” porque hacer lugar para el problema de las villas es responsabilidad de todos en Argentina.


Referencias:

1 Los equivalentes a las villas se reproducen a lo largo de Latinoamérica, donde se las denomina con otros nombres: población callampa en Chile, cantegril en Uruguay, favelas en Brasil.

2 El paco es una droga de altísimo poder adictivo que está arrasando con las poblaciones marginales en las grandes ciudades Argentinas y de Latinoamérica.

About Author(s)

Alfonso Buzzo
Born and raised in Argentina, I have been working in development for the last ten years in a local slum with crack addicts and homeless people. After moving to Pittsburgh, I am currently an MID candidate at Pitt. Development and Latin American Social Justice are my main concerns, and I am willing to spend some time working in Washington after graduation at either the World or Inter-American Development Bank.