Raza y Nación: Reflexiones Desacralizadoras ante una Cuba sin Embargo

Tuesday, January 27, 2015

De generación en generación, perdura en mi familia la leyenda de un negro esclavo, el padre de mi tatarabuela, que un día dicen que se marchó manigua adentro y no volvió a aparecer. Solía mi abuela concluir su relato recordando que aquel negro lucumí se había ido volando a su tierra, y pasaba enseguida a contarme otra historia.

Es ésta una leyenda inexacta como todas las leyendas, pero yo elijo creerla. En la infancia me ayudaba a soportar la avalancha de motes racistas proferidos por mis condiscípulos en La Habana, años ochenta. También es desde esa creencia que hoy emana buena parte de mi escritura. Y llega asimismo de ahí mi fuerza en estos tiempos, cuando la justicia niega otra vez el valor de una vida negra. La impunidad acordada a los agentes policiales responsables de la muerte de Mike Brown en Ferguson, Missouri, y Eric Garner en New York, nos recuerdan que en muchas ocasiones los negros no contamos como ciudadanos cabales en Occidente. Todo proviene de la esclavitud, apenas abolida en el siglo XIX en la mayoría de las naciones americanas. Los negros, entonces, ni siquiera éramos considerados como humanos.  Por eso al menos en las leyendas familiares volábamos hacia África. O encendíamos hogueras en los cañaverales. La quema representa el anhelo por hacer desaparecer un mundo que negaba nuestra condición humana. La utopía de escapar hacia un espacio imposible es imaginar que podemos inventar otro modo de existir.

Queda como opción siempre la rebelión: el reconocimiento de la ira.

Ante la simple mención de la ira se suele retroceder. Es esta sin embargo una emoción hacia la que prefiero acercarme con calma y familiaridad. Recurro a Audre Lorde, quien sobre la ira escribió: "If I speak to you in anger, at least I have spoken to you". Coincido con Lorde en que la ira, como aspecto constitutivo de la vida de los negros en las Américas, no debe ser silenciada bajo el peso del miedo a expresarla: “My fear of that anger taught me nothing (...) my anger and your attendant fears are spotlights that can be used for growth in the same way I have used learning to express anger for my growth. But for corrective surgery, not guilt. Guilt and defensiveness are bricks in a wall against which we all flounder; they serve none of our futures."1

Es en virtud de esta función de la ira como “cirugía correctiva”, que propongo que cese de ser ocultada o ignorada cuando se examina la experiencia de los negros en Cuba.  Comúnmente, en discusiones en torno a la identidad nacional, se tiende a diferenciar a los negros cubanos de otras comunidades afrodescendientes, especialmente la norteamericana. Se hace hincapié en las inobjetables diferencias históricas entre uno y otro país para dictaminar que los negros cubanos no sentimos la ira que puede verificarse entre los afroamericanos, porque no tenemos razones para ello.

Suele argüirse que las medidas destinadas a eliminar la segregación racial, adoptadas por el gobierno revolucionario en Cuba a partir de 1959, vuelven imposible toda comparación entre la situación de los negros cubanos con la del resto de los negros en las Américas. Recientemente, en entrevista publicada en el Huffington Post, Miguel Barnet, presidente de la unión de escritores y artistas de Cuba y autor de la novela Biografía de un cimarrón, confirmaba esta idea.2 Desde los años 1990s, sin embargo, otras voces han denunciado la persistencia del racismo en Cuba. Irrumpe entonces un hip-hop nacional que, desgraciadamente, obtuvo escasa difusión en la isla. Grupos como Hermanos d’Causa, Anónimo consejo y Obsesión, entre otros, gritaron su frustración como negros que en Cuba sufrían de una manera u otra la discriminación racial. Roberto Zurbano presenta en el 2012 su ensayo “Cuba: Doce dificultades para enfrentar el neo-racismo o doce razones para abrir el otro debate”.  Mas, según Barnet –quien ha sido solidario colaborador de Zurbano en otras ocasiones-, declarar que el racismo pervive en Cuba es incorrecto y falso: “I can tell you that it is wrong to say that in Cuba there is racism. (…) It is true that there is still a residue of racial prejudice that has not been eliminated by the measures taken since 1959 (…) it hurts me to hear it said that there is heightened racism in Cuba, because it is simply not the truth (…) One should reflect deeply on these issues and not sow the seeds of discord and division among Cubans”.3

Aunque resulte paradójico, discursos como el de Barnet pueden leerse en palimpsesto con algunas reflexiones emitidas desde la diáspora. Tras los sucesos de Ferguson y la irrupción del movimiento Black Lives Matter, pude leer en las redes sociales como algunos cubanos residentes en los Estados Unidos consideraban que la postura rebelde de los afroamericanos sería inconcebible entre los negros cubanos, cuya actitud es supuestamente mansa y nunca se identificarían con una comunidad negra transnacional.

Ante estas opiniones, no lejanas al discurso oficial en la isla, recuerdo los comentarios de Lydia Cabrera, acuciosa investigadora y defensora de las culturas africanas y de su presencia en la vida cubana. En su importante libro Yemayá y Ochún, escrito durante su exilio en Miami, escribe: “Los negros cubanos, simpáticos, amables y cordiales, le temen a los negros norteamericanos, los consideran ‘extraños’, los sienten hostiles, ‘enrevesados’. (…) El negro cubano está libre de sus rencores profundos y de sus complejos; por eso más que negro se considera cubano. (…) En una sociedad abierta a la fusión de razas, como siempre fue la nuestra, no se les humilló ni maltrató”.4 Pareciera Cabrera haber olvidado la masacre de 1912, cuando el gobierno de José Miguel Gómez ordenara la matanza de miles de seguidores del Partido Independiente de Color, quienes abogaban por los derechos civiles de los negros en Cuba. ¿Por qué no habría de dejar un hecho tal cicatrices dolorosas en la población negra cubana? ¿Por qué no provocaría su ira? ¿Por qué no consigo yo misma olvidar los insultos racistas de los otros niños –pioneros de un país socialista- en la escuela primaria?

Originadas en contextos sociopolíticos y culturales muy diferentes, las palabras de Barnet, Cabrera y las recientes voces del exilio comparten una base común. Para todos es esencial el mantenimiento de la unidad nacional, sea en la isla como en la diáspora. Desde este punto de vista, cualquier intento por examinar la problemática racial a fondo, dentro de la configuración nacional, constituye una amenaza contra la cubanía, sacralizada desde los albores de la nación. Según estas posiciones, los negros cubanos no recordamos con tanta tristeza las secuelas de la esclavitud, no sentimos ira cuando somos objeto de la discriminación racial, pues comprendemos que lo más importante es mantener la armonía nacional. Nunca nos rebelaremos, porque para eso ya se han hecho revoluciones al curso de las cuales -dicen- nos hemos salvado.

Esta línea de pensamiento planta su base en el ideario de José Martí, considerado Héroe Nacional. Su célebre frase “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”5, domina la ideología revolucionaria y estructura toda reflexión oficial sobre la problemática racial que emergiese desde 1959 hasta la actualidad. El sujeto revolucionario, especialmente esa utópica construcción que es el Hombre Nuevo, carece de identificación racial. No tiene determinaciones étnicas o culturales. Su color sería posiblemente ese “color cubano” soñado por Guillén en los años 1930s.6 Su cultura sería la que, libre del “pecado original” de no ser “auténticamente revolucionarios” que Ernesto Guevara atribuía a los intelectuales nacidos antes del triunfo de la revolución, supuestamente surge en la nueva sociedad.7 El revolucionario, en fin, pertenece solamente a una familia o una comunidad, la que constituye el pueblo cubano, unido entonces contra un enemigo común, los Estados Unidos.

Pero el 17 de diciembre del 2014 los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciaron simultáneamente, desde Washington y La Habana, que impulsarían la restauración de las relaciones interrumpidas en 1961. Posiblemente se levante el embargo y el “Enemigo”, que como una sombra ha sido utilizado para configurar una nacionalidad forjada en actitud esencialmente defensiva y confrontacional, perderá su condición espectral. De los Estados Unidos, desde hace medio siglo considerados en la isla como la gran fuerza contra la cual urge defenderse, llegarán –de ser abolido el embargo- inversionistas, artistas, deportistas, tal vez turistas en el futuro. Serán en fin ciudadanos reales y no un fantasmagórico Enemigo. En esas circunstancias, resulta indispensable repensar el concepto de cubanidad, dentro del cual la idea de la nación sin razas donde la pertenencia nacional prevalece sobre cualquier otra es esencial. Cuando se desvanezca El Enemigo, ¿qué razón puede quedar para que los cubanos negros continuemos silenciando nuestras experiencias raciales a fin de mantener la sagrada unidad nacional, como se nos ha solicitado hacer desde el siglo XIX?

Para acercarnos a estas interrogantes convendría retomar las consideraciones de Stuart Hall en torno al concepto de identificación. Hall proponía pensar la identificación como una sutura, un “punto de encuentro entre, por un lado, los discursos y prácticas que intentan ‘interpelarnos’, hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de ‘decirse’”. Siguiendo estas teorías, los procesos de identificación del cubano deberían examinarse a través de su inadecuación real a las identidades (la cubanía) adoptadas como etiquetas inamovibles. El texto en que Hall desarrolla estas teorías se titula “¿Quién necesita la identidad?” (“Who needs Identity?”), y en él subraya la necesidad para el sujeto contemporáneo de pensar la identidad como un concepto “que funciona ‘bajo borradura’ en el intervalo entre inversión y surgimiento”.8 Coinciden estas teorías con las interpretaciones de la identidad desarrolladas por Jean-Luc Nancy. En su libro L’Identité, todo un capítulo es dedicado a responder a esta pregunta “Qui?” (¿Quién?). Refiriéndose en principio a una presunta identidad francesa, Nancy dirige una doble pregunta ¿Quiénes son los franceses? y ¿Quién propone la pregunta sobre la identidad nacional?Continúa conviniendo en que “si cada francés –como todo ser humano– es un quien, y si ese quien no podrá nunca reducirse a un qué, Francia en sí es otra especie de quien irreductible a ninguna característica específica”.10 Como Hall, Nancy confirma que la identidad es a la vez un punto y un laberinto, que su secreto estriba en el vaivén del uno al otro, en el permanente contacto y desprendimiento: “Uno está entonces destinado a perderse en el Uno o a perderse en el Otro”.11

Ahora que tal vez sea levantado el embargo y El Enemigo contra el que es estructurada la llamada cubanía también se desvanezca, convendría reevaluar los procesos de identificación nacional. Para ello, quienes dentro y fuera de la isla conminan a los negros cubanos a callar su propia experiencia para no resquebrajar la unidad nacional, habrán de comenzar a entender que otras identificaciones son verificables entre los cubanos. No estoy segura, por ejemplo, que hayan comprendido algo tan simple como el hecho de que una madre negra cubana residente en los Estados Unidos pueda sentir ira cuando sus compatriotas insultan a quienes protestaban en las calles de Ferguson, llamándolos “delincuentes”, “bárbaros”, “salvajes”. Tal vez, ya no podrán mostrarnos más como los mansos negritos del Caribe. Pero tampoco podrán fabricarle la respuesta que esa madre ha de ofrecerle a su hijo mestizo, cuando al regresar de la escuela éste le pregunté qué es el movimiento Black Lives Matter.

Las diferencias de la historia de los afrodescendientes en Cuba y los Estados Unidos son innegables. Mas también deberían serlo sus elementos comunes, verificables en la experiencia vital del sujeto afrodiaspórico global, a nivel podría decirse, fenomenológico. Hoy, los múltiples desplazamientos y nostalgias han producido nuevas identificaciones que rendirán difícil de aceptar la imperturbable, secular utopía de la sacrosanta nación sin razas.


Referencias:

1 Lorde, Audre, “Uses of Anger”, Sister Outsider. Essays and Speeches. Berkeley & Toronto: Crossing Press, 2007. 124, 130.

2 “A Conversation with Miguel Barnet Lanza”. The Huffington Post, 26 de junio del 2014. http://www.huffingtonpost.com/salim-lamrani/a-conversation-with-migue_b_5532818.html

3 Ibid.

4 Cabrera, Lydia. Yemayá y Ochún. Kariocha, Iyalorichas y Olorichas, Miami: Universal, 1996. 244.

5 Martí, José. “Mi raza”. Obras completas. Vol. 2. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963. 298.

6 Guillén Batista, Nicolás. “Prólogo a Sóngoro Cosongo”, Obra poética I, 1922-1958. Ed. Ángel Augier. La Habana: Letras Cubanas, 2002. 92.

7 Guevara, Ernesto. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Obras (1957-1967). La Habana: Casa de las Américas, 1970. Vol. 2, 367-84.

8 Hall, Stuart. “Introducción: ¿Quién necesita la ‘identidad’?”. Cuestiones de Identidad. Stuart Hall y Paul du Gay Eds. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2003. 14, 20.

9 Nancy, Jean-Luc. L’identité. Fragments, franchises. Paris: Galilée, 2010. 43-44.

10 “Or si chaque Français est un qui, à l’instar de tout autre sujet humain, et si ce qui ne sera jamais réductible à un quoi, la France elle-même est un autre espèce de qui irréductible à aucune caractéristique“ (Nancy, 44) (destacado de la autora).

11 “Un point et un labyrinth, voilà le secret d’une identité. De l’un à l’autre, contact permanent et dehiscence permanente. On est donc voué soit à perdre l’un soit à se perdre dans l’autre”. (Nancy, 43.)

         

Odette Casamayor
Cuban-born scholar and writer Odette Casamayor-Cisneros is Associate Professor at the University of Connecticut, and holds the 2015 Wilbur Marvin Visiting Scholarship at the Rockefeller Center for Latin American Studies at Harvard University. She is the author of the book Utopia, distopía e ingravidez: reconfiguraciones cosmológicas en la narrativa post-soviética cubana (Iberoamericana/Vervuert, 2013). Casamayor is currently working on her new book On Being Blacks: Challenging the Hegemonic Knowledge Through Racial Self-Identification Processes in post-Soviet Cuban Cultural Production.

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