Un Análisis Deconstructivo de "Vidas Secas" de Graciliano Ramos

October 10, 2016

El escritor brasileño Graciliano Ramos (1892-1943) publicó Vidas secas en 1938 con la intención de denunciar la explotación de las clases necesitadas del nordeste de su país. En la novela, Ramos retrata la vida de una familia de peones que deambula por el sertão sin esperanzas por su futuro y a merced de los patrones en un cruel sistema cuasi-feudal.

En conjunción con la denuncia social, los rasgos más destacables de Vidas secas son la presentación de los protagonistas como deficitarios en su capacidad de expresión verbal y su analfabetismo; la cuestión del habla es axiomática en la novela, en tanto aparece ligada a la escritura como poder y violencia y como una agencia que permite la capacidad de decisión. Esta relación es notable en un escritor de raigambre comunista o marxista, ya que parecería atribuir las raíces de la opresión no a factores materiales sino a una (in)capacidad lingüística.

La disquisición filosófica y política que Ramos presenta en la novela se anticipó a los actuales debates sobre la agencia del subalterno, sustentados en la filosofía deconstructiva de Jacques Derrida. La deconstrucción niega la existencia de un sujeto sin habla y sin escritura, por tratarse de un “prejuicio logocéntrico” o etnocéntrico; así, decir que el subalterno no puede “hablar” o no necesita “representación” es negarle la posibilidad de adquirir agencia política. Hoy se vuelve por lo tanto imprescindible un análisis de la novela para entender mejor no sólo las ideas de Ramos sino también para iluminar las teorías de Derrida en relación con las ideas de otros pensadores contemporáneos.

En Vidas secas, violencia, habla y escritura aparecen hermanadas. Los cuatro integrantes de la familia (Fabiano, su esposa y sus dos hijos) poseen notorias dificultades para expresarse y son analfabetos. Cuando tienen que relacionarse con otros (los patrones, la policía, la gente de la ciudad), se sienten en inferioridad de condiciones y siempre salen engañados y abusados. Esto genera en Fabiano un sentimiento de impotencia hasta llegar a la auto-denigración, acusándose de ser un “bruto”, un animal. Los personajes le atribuyen al habla y a la escritura una relación intrínseca con la violencia; complementariamente, la no-habla y la no-escritura parecerían pertenecer al ámbito de la inocencia. Sin embargo, la narración nos muestra claramente que en el espacio de la familia también hay violencia, que se ejerce de forma jerarquizada: el padre en la cima, luego la madre y finalmente los niños y las mascotas, un papagayo y un perro, a los que terminan matando.

Esto demuestra que la familia posee el mismo prejuicio que denuncia la deconstrucción, o sea la percepción del habla y la escritura como pertenecientes a o integrantes de una metafísica o logocentrismo que se concibe como un todo clausurado, fuera de lo cual quedaría el resto: la no-habla y la no-escritura, vistas como libres de culpa. El establecimiento de dicha correlación sólo es posible si se asume un interior metafísico dentro del cual se halla el terreno de la significación, criticado por Derrida. Que el mismo seno familiar reproduzca la violencia y la jerarquía del mundo exterior no es por lo tanto incoherente.

Sin embargo, en un momento posterior, Fabiano alcanza una intuición que lo eleva por encima de la metafísica de la presencia y, en cierto sentido, lo pone en contradicción consigo mismo. El campesino está en lo correcto al concertar o equiparar el habla (las “palabras peligrosas”, la voz) con la escritura (“la pluma y la tinta”). Esta intuición está de acuerdo con el argumento inaugural de la deconstrucción. La diferencia entre habla y escritura (correlativa a la de naturaleza/cultura, inteligible/sensible, humano/inhumano, afuera/adentro, etc.) es producto de la metafísica de la presencia que le atribuyó al habla una anterioridad, una pureza, un origen y una cercanía con la presencia de las que carecía la escritura, esa exterioridad derivativa, degradación, corrupción o usurpación de la presencia. Esta división jerárquica permite establecer el sistema de oposiciones que Derrida considera un acto de violencia. Que no haya un habla inocente, no quiere decir que la escritura lo sea.

La metafísica liga ideológicamente la violencia con la escritura en el afán de volver “inocentes” las culturas que carecen de ella en el sentido “estrecho”, vale decir coloquial o fonético del término. El ejercicio de la violencia en el seno familiar indica que los personajes deberían poseer escritura en un sentido distinto del tradicional. Efectivamente, las tareas de Fabiano como amaestrador y rastreador lo muestran con la capacidad de descifrar signos o marcas. El mismo Derrida establece una relación entre esta habilidad y la lectura. Fabiano (y lo mismo sucede con el resto de su familia) sí sabe leer: lee las huellas, rastros y marcas de los animales y caminos. Una diferencia entre las teorías de Derrida y la disquisiciones filosóficas de Fabiano es que para el primero la metafísica le atribuía al habla el espacio de la inocencia, pero para el segundo tanto habla como escritura son “peligrosas”. Para el personaje, el núcleo libre de culpa y violencia se encuentra en su propia intimidad; sus pensamientos son el único lugar posible al que le puede atribuir la verdad.

Tanto el habla como la escritura son procreadoras de violencia y generan su propia negación: el silencio o el mutismo. Por esta razón, los sujetos “con habla” o que tienen capacidad de “hablar bien” ostentan el poder sobre otros, los subalternos que no hablan o a los que hacen callar. En el escalón más bajo de la jerarquía de la violencia se encuentran los niños y los animales. Ellos son la expresión más fundamental del ser subalterno y en ellos se traza y se borra a la vez la diferencia de las oposiciones metafísicas. De hecho, la diferencia humano/no-humano es la última oposición que queda por examinar.

La preocupación por definirse, por saber qué cosa es, ocupa un lugar destacado en las elucubraciones de Fabiano. Ya se mencionó cómo el campesino se define numerosas veces como “un bruto” debido a no saber leer, identificando la lecto-escritura con la humanidad. En la novela, mientras los seres humanos parecen tener muy menguadas las capacidades del habla, los animales por el contrario poseen capacidades mentales exacerbadas no propias de su especie, como el don del pensamiento, y experimentan emociones humanas. La identificación entre la perra, el loro y el hombre, animales todos ellos, parece apuntar verdaderamente a la disolución entre las fronteras que separan al animal del humano.

Si la posición liminal de Fabiano proviene de su carácter de subalterno, debemos considerarlo asimismo un homo sacer, según lo entiende el filósofo Giorgio Agamben. El homo sacer, asimilado a una bestia, es un ser sagrado que puede ser sacrificado. (Inversamente el loro y la perra, asimilados al ser humano, son sacrificados en tanto representantes del homo sacer, víctimas propiciatorias o animales sagrados.) El pensador italiano asegura que la “bestialización” es un mecanismo básico en el proceso de manipulación y control biopolítico por parte del soberano durante la modernidad. Allí donde existe un homo sacer, existe un virtual campo en donde se borran las fronteras entre adentro y afuera, el hecho y la ley y lo privado y lo público. La excepción que se convierte en regla es la aporía del estado liminal en que se encuentran Fabiano y su familia. El padre de familia es entonces un símbolo de la condición del subalterno en su relación con el soberano y el estatus especial de indecisión jurídica.

También Derrida cuestiona la diferencia entre animal y humano al examinar la noción de soberanía como extensión de la borradura crítica del límite entre naturaleza y cultura. En uno de sus últimos seminarios, el filósofo francés expone ideas concomitantes a las de Agamben, por cuanto el soberano es asimilado tanto a la omnipotencia divina como a la bestialidad. Bestia, criminal y soberano son figuras equivalentes, en un estado de excepción con respecto a la ley. En Vidas secas, la relación básica entre los “seres vivos” es la de poder disponer de la vida de los otros. La primera palabra del título adquiere así una connotación mucho más perturbadora.

La investidura del soberano aparece representada en Vidas secas en la persona de un “soldado amarillo”, un policía que en determinado momento abusa de Fabiano. Posteriormente, la casualidad los hace volver a encontrarse en un descampado; allí, la situación se invierte: ahora es Fabiano el que esgrime un machete frente al soldado desarmado. Fabiano duda en cobrarse venganza, pero al final decide obedecer la autoridad: “El gobierno es el gobierno.” Con esta frase, Fabiano ha caído presa del último estado de obnubilación ideológica: su creencia absoluta en la ley. La imagen que queda es la de un amansamiento o amaestramiento; los subalternos están amaestrados, del mismo modo que ellos amaestran a las bestias.

De este análisis de la novela de Ramos se pueden extraer algunas conclusiones importantes. Por un lado, la estructura del subalterno y su carencia de agencia política se pueden equiparar al concepto de homo sacer y su estado de excepción. El estado liminal de éste equivale al borramiento de las diferencias de las oposiciones metafísicas de Derrida. Por otro lado, el momento de amaestramiento del homo sacer, en tanto interpelación del poder, se corresponde con el “registro constitutivo del sujeto” al que se refiere la teórica Gayatri Spivak en sus reflexiones sobre la subalternidad: el sujeto (oprimido o subalterno) queda preso en el dilema tendido por la trampa ideológica, o sea en un espacio virtual de indecisión. El horizonte de emancipación de los personajes se encuentra no ya en la simple reafirmación de la capacidad de habla, sino en la disolución de los lazos entre habla y violencia y, finalmente, en la adquisición de agencia política. Pero para ello, como lo siente Fabiano, es preciso tomar conciencia de las condiciones que hacen posible tal situación.

Aquí se puede notar finalmente una limitación en la teoría de Spivak, mencionada por algunos críticos y que aparece también en Vidas secas. Según Neil Larsen, se debería introducir la noción materialista de “trabajo” en la teoría sobre el subalterno, puesto que sólo el “trabajo socializado” permite acceder a una conciencia o agencia política. En Vidas secas, la referencia al trabajo o a un ámbito socializado es insuficiente. No sólo el nomadismo le impide a la familia entrar en contacto con otros sujetos en su misma situación laboral y de dependencia, sino que éstos parecen estar ausentes en toda la novela.

Esta idealización en la teoría de la subalternidad se puede dispersar y volver un peligro. Puesto que la carencia lingüística es una ilusión logocéntrica, cabría revisar el postulado de algunos críticos de la novela sobre la discapacidad de lenguaje como “factor determinante” en la opresión. De otro modo, se incurriría en la falacia que destaca Avelino Ferreira: “Fabiano parece idealizar que, si supiese expresarse, no estaría en aquella situación de miseria.” La misma novela denuncia este error: un personaje (Seu Tomás) puede tener educación y conocimientos lingüísticos y ser no obstante tan “cambembe” u oprimido como cualquiera.

Esto alumbra un aspecto curioso en Derrida: si “no hay habla (o naturaleza) inocente”, ni tampoco escritura (cultura) inocente, ¿cómo o qué hace posible la violencia? ¿De dónde surge o quién la produce? La deconstrucción recurre al procedimiento de negar toda pregunta arqueológica por el origen por pertenecer al horizonte histórico-metafísico. Si preguntarse por el origen o el fundamento de la violencia no tiene sentido, entonces debemos suponer que la violencia inunda todo ese espacio. Esto llevaría a pensar que acaso el silencio del subalterno proviene de una razón “económica” y de táctica política, puesto que el recurso a la violencia física se encuentra siempre, amenazante, bajo toda violencia simbólica o lingüística.


Nota:

Este texto es una revisión y resumen del artículo “Habla y escritura en Vidas sêcas de Graciliano Ramos”, publicado en LARR (Latin American Research Review) 49.3 (2014): 45-63.

 
 

 

About Author(s)

Luis Intersimone
Luis Alfredo Intersimone obtained his Ph.D. in Spanish at Rutgers University. He is currently assistant professor at Texas State University. He has published a book (De ogros y laberintos. Modernidad y nación en Octavio Paz [1999]) and several articles in academic journals such as LARR (Latin American Research Review), Hispanic Review, MLN, and A Contracorriente, among others. He is currently doing research on sovereignty, biopolitics, and political theology, issues all related to his original Ph.D. thesis project on Peronismo, melodrama and eschatology.