Aproximaciones a los circuitos comunicantes en la cultura caribe colombiana

La antroposociología nos señala que ciertas condiciones materiales y espirituales inducen la aparición de determinado tipo de producción estética. La correspondencia entre lo material y lo espiritual, expresado en el mundo del arte, no es ya, pues, una sorpresa para nadie. Si echamos una mirada, aunque leve, a Antonio Cándido, a Ángel Rama o a René Wellek y a Austin Warren en su Teoría Literaria, para señalar sólo a tres, podemos corroborarlo. Sin mencionar a George Steiner o al shakesperiano Harold Bloom, que bastante saben de estas reciprocidades literarias.

Aventurémonos, pues, en una injusta y apretadísima síntesis, a sostener que en la cultura y la literatura del Caribe colombiano del último siglo se dan los ‘circuitos comunicantes’. Es decir, obras que en tema, forma o tiempo tienen nexos o proximidades. Se puede afirmar que esto es factible que se dé en toda cultura o literatura, y así es. Pero lo que interesa aquí es especificar en qué obras y autores de la región se tienden estas redes, ya sea consciente o inconscientemente. Ítalo Calvino las analiza a plenitud. Jorge García Usta, en Cómo aprendió a escribir García Márquez, por ejemplo, también se refiere a esta interrelación.

Los circuitos comunicantes pueden ser externos o internos.

Los internos se dan entre las obras de un mismo autor. Rojas Herazo consigo mismo; y Gabriel García Márquez consigo mismo, son un ejemplo claro. Respirando el verano y Celia se pudre. Cien años de soledad y La hojarasca. O en Germán Espinosa consigo mismo: Los cortejos del Diablo y La tejedora de coronas no son antípodas. Y esto no es tan obvio. Pues en un mismo escritor pueden coexistir estilos y lenguajes antagónicos en distintos textos.

Los circuitos externos son los que se dan entre autores diferentes. Estos circuitos comunicantes no son casuales: corresponden a una tradición, a una cercanía de telúricas, a unas influencias parecidas en las lecturas o en la identificación con los sistemas ideológicos o estéticos. Además, en la teoría literaria se habla de una tradición y de cierta literatura comparada, y ello nos permite aproximar nombres y obras. Obras que surgen desde la entraña de una misma realidad, no pueden ser antitéticas; ya sea que se expresen en palabras, sonidos, imágenes, gestos o colores. Por ello, un circuito de proximidades las comunican. Y una cadena de diferencias las separan. O pueden separarlas.

Señalando solo algunos nombres, un tejido tentativo, con brevedad excesiva, sin juicios de valor, podría ser el siguiente:

La casa grande tiene circuito comunicante en tema con Cien años de soledad. Respirando el verano con Cien años de soledad y con En noviembre llega el arzobispo. Los cuentos de La Mamá Grande con En Chimá nace un santo. Los cortejos del Diablo con En noviembre llega el arzobispo. Tambores en la noche con El Sinú y otros cantos. Y siguen muchos casos.

Así, García Usta circula por las zonas de lenguaje que les son afines a Rojas Herazo y a César Vallejo. Zapata Olivella tiene circuitos comunicantes con Jorge Artel y Valencia Salgado: la diferencia es que el primero trabaja en prosa, Artel esencialmente en verso, y Valencia Salgado en verso y prosa. Artel y Castañeda Aragón miran con intensidad el mismo horizonte: el mar, sus dolores-amores y sus nostalgias.

La pintura de Obregón apunta a una agresividad cósmica; la de Grau a una sensualidad terrena. Darío Morales, se me antoja,  coincide  con el erotismo literario de Rojas Herazo. José Barros, Rafael Escalona, Guillermo Buitrago y Adolfo Pacheco tienen entre sí  vasos comunicantes, y García Márquez, a su vez, los tiene nítidos con esos cuatro creadores y con el maestro Leandro Díaz.

Espinosa y García Márquez no son excluyentes: los temas históricos y el barroquismo prosado les tienden los circuitos comunicantes. Sánchez Juliao tiene proximidades con Valencia Salgado y Zapata Olivella. Gossaín con García Márquez, algo en lo que se ha insistido mucho. Y García Márquez, digámoslo otra vez, con todos los compositores y juglares vallenatos. Él lo dijo cuando le preguntaron qué era Cien años de soledad.  

Illán Bacca establece coincidencias con los buceos históricos o estéticos de Espinosa y Álvaro Medina. Vito Apushana hace con los indígenas lo que Artel hizo con los negros, y Valencia Salgado con el mestizo anfibio del Sinú, o lo que, a su manera y lenguaje, García Usta realizó con los siriolibaneses.  Gomez-Cásseres, Badrán y Joaquín Robles no son hogueras distantes. José Manuel Vergara deja bien plantada la furia de su voz y coincide en temática con Artel. También García Usta y Valencia Salgado mantienen lazos secretos con el Zumaqué de Macumbia o el del Cantar de los manglares.

¿Orlando Fals Borda no tiene nada que ver con Juan José Nieto Gil o con Diógenes Arrieta? Claro, las caracterizaciones regionales de Fals ya se hallan como preocupaciones en las cartas que Nieto le envía al general Santander. Artel y Candelario Obeso  no sólo coinciden en la piel o en el tam–tam del tambor: también en la rabia y en la tristeza del excluido. Lo de ellos no sólo es piel, es alma. Si anexamos a Zapata Olivella, la trilogía se torna en una voz dolorosa y dura.

José Félix Fuenmayor irradia a García Márquez en forma decisiva. Y a todos. El gran José Félix es un padre poderoso. Marvel Moreno y Bacca se aproximan en cierta atmósfera versallesca, en cierta ‘espléndida decadencia’. José Francisco Socarrás tiene puntos de contacto con Néstor Madrid Malo, siendo Socarrás de literatura más militante. Y Néstor de pretensiones más eruditas y universales.

¿Nieto Arteta, Fals Borda, Múnera Cavadía, Meisel Roca, Gustavo Bell, Alberto Abello, Sergio Solano, Posada Carbó y Chica-Géliz hasta dónde coinciden? ¿Qué los une? ¿Qué los separa? ¿Sólo la ideología? Hay en algunos de ellos afinidades en el enfoque, cercanías en el método y el deseo de escudriñar la historia para superar el atraso. Numas Gil, Albio Martínez y Eduardo Pastrana Rodríguez poseen parecidas preocupaciones investigativas y sociales.

Marcial Alegría pinta lo que, en mito y leyenda, narra Valencia Salgado. El Julio Olaciregui que transgrede  tiene un antecesor en Vidal Echeverría. También en el Duque López de Mi revólver es más largo que el tuyo. Pedro Badrán, Ramón Molinares y Alberto Sierra se encuentran en cierta soledad, en cierta noche, en cierta lluvia.

Meira Delmar no es tan opuesta a Rojas Herazo ni a Rómulo Bustos. La sutilidad de Meira está en Rómulo, pero este mantiene erguida y afilada su propia voz. Muchos poemas de Meira son las acuarelas de Roberto Angulo. Gustavo Ibarra Merlano se manifiesta en la poesía filohelénica de Lya Sierra. Alfonso Fuenmayor se halla en las crónicas de McCausland. Andrés Salcedo y Ramón Illán tienen vecindades en astucia y en humor. García Márquez está en Fiorillo. También los reportajes de García Márquez se hallan en los estupendos textos  de Alberto Salcedo Ramos, y en las célebres crónicas de Juan Gossaín en la revista Semana. O, por qué no, en los nuevos trabajos de Libardo Barros y en la prosa de Gustavo Tatis. Los cuentos de Burgos Cantor y las narraciones de José Ramón Mercado y los cuentos de El Cuarto Bate de Roberto Montes se nutren del mismo aljibe. Estos circuitos comunicantes son más estrechos de lo que pueden aparentar, pero esas cercanías no cercenan las voces individuales de los creadores. Al contrario, las reafirman.  

Ramón Vinyes, que puso alta la cota, habla en la pluma de Carlos J. María. Y ambos, en la actualidad, se manifiestan a través de las investigaciones e interpretaciones de  Ariel Castillo. Así como se expresó, a su manera, en las reseñas estimulantes del maestro Germán Vargas. Pero todos tienen el precedente de Fernando de la Vega y la observación risueña y los aportes de Eduardo Pachón Padilla, el antologista costeño. Y Vinyes y María retransmiten su influencia en los textos  analíticos de Guillermo Tedio, de Núñez Madachi o en los ensayos de Wilderson Archbold. O en las sabrosas investigaciones literarias de Ramón Illán. O en las crónicas  de Jesús Ferro Bayona y en los textos dominicales de Joaquín Matos. A Nora Carbonell, a Eva Durán y a Beatriz Vanegas las aproxima la esencialidad humana de su poesía.

Meira Delmar y Giovanni Quessep estrechan tenuemente sus voces después de que la historia y la sangre les hicieron coincidir el corazón. Quessep e Ibarra Merlano aman la cultura griega. A ellos algo los acerca a José Manuel Crespo y a Álvaro Miranda, en cuyos poemas y textos se logra la efectividad de la metáfora cierta y una indudable profundidad en el tratamiento de los temas.

Parecidas cercanías ocurren con el Guillermo Tedio de La noche con ojos y Murrucucú de Guillermo Valencia Salgado. Adolfo Ariza, Clínton Ramírez,  Sícalo Pinaud Y Sánchez Baute se aproximan en la mirada erótica. Alexandra Address continúa, desde su óptica, la tradición inconclusa de Miguel Rasch Isla.

Artel está en Pedro Blas Julio y en José Ramón Mercado. Jaime Arturo Martínez transita melancolías y caminos con José Ramón. Jairo Mercado se halla en Junieles. Así como Raúl Gómez respira en las novelas de Efraím Medina. Jairo Mercado, con pleno realismo caribeño, tiene nexos con García Márquez. Quizá sin conocerse, en Armando Benedetti Jimeno hay parentesco en ironía y sarcasmo con el sinuano Rafael Yances Pinedo; y ambos establecen amistades con Carlos Villalba Bustillo.  José Ramón, Jaime Arturo y Miguel Iriarte bucean en la nostalgia de la familia pretérita y en las palpitaciones de la tierra vernácula.

Sofronín Martínez, Batata, Simancongo, Michi Sarmiento, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Andrés Landero, Zumaqué Nova, Zumaqué Gómez, Miguel Emiro Naranjo, La Niña Irene, Petrona Martínez, Guillermo Valencia Hernández se delatan en Artel, Valencia Salgado, Pedro Blas, José Ramón, cierto Rómulo Bustos y el García Usta de Monteadentro. Jaime Díaz, Teobaldo Guillén y Eparkio Vega, en el teatro, trabajan, con parecida destreza y desde sus tiempos precisos, obras particulares. El lamento de Juancho Polo está en Alejo Durán. La ironía y burla de Luis Carlos López resuellan en Miguel Durán, en Rúgero Suárez, en Lucho Cobos y en la poesía de nuestro Emiliano Callejas.

Los colores de Obregón estallan en la misma dirección en que lo hacen los de Álvaro Barrios. Las manos de las mujeres de Grau tienen cierto parecido con las que pinta Uberto Gómez. Limberto Tarriba, Darío Morales, Heriberto Cogollo y Alfredo Guerrero no son extraños en temas y colores.  Guerra Curbelo y Vito Apushana surgen del mismo cacto guajiro. Ricardo Vergara e Ignacio Verbel, tocados de tristeza, retornan del amor o asumen la crítica social. Lenito Robinson Bent, el isleño, tiene proximidades con Schwartz y con  Molinares. Abel Medina Sierra, Elkin Ortega  sienten el palpitar del mismo ecúmene y lo prosan o lo versifican.

En fin, este brevísimo  e incompleto viaje nos indica que las proximidades temáticas, telúricas y formales existen y conforman un corpus que reúne ciertas características y ciertos perfiles que le otorgan al arte, la literatura, la música, y la investigación crítica caribeña colombiana una ubicación  identificatoria y sólida en el panorama de la cultura latinoamericana.

About Author(s)

José Luis Garcés
José Luis Garcés González is the director of the cultural periodical El Túnel at the Catedrático Universidad de Córdoba. His two most recent books include 'Textos del medianoche' and the novel 'Fuga de caballos.'